La viña lleva siglos adaptándose. Quizá nosotros también deberíamos hacerlo.

Hace unos días tuve la suerte de pasar una jornada completa en Font de la Figuera junto a Javier Revert, Sandro mano derecha de Javi, José Ramón de Gea Orgánica, y Jorge Caus, director técnico de la Cooperativa La Viña.

Fue uno de esos días que recuerdan que el vino empieza mucho antes de la bodega.

Caminamos durante horas entre viñedos observando suelos, tocando hojas, hablando de cubiertas vegetales y analizando cómo se comporta el agua en cada parcela. A veces olvidamos que el viñedo es un ecosistema complejo y que muchas de las respuestas a los problemas actuales no siempre vienen de la tecnología, sino de una mejor comprensión del paisaje.

Uno de los temas que más me interesó fue precisamente la gestión del agua. En una zona mediterránea donde cada gota cuenta, el objetivo no consiste únicamente en combatir la sequía cuando llega, sino en aprovechar mejor el agua cuando aparece. José Ramón nos explicaba cómo determinadas prácticas ayudan a que el suelo absorba más lentamente las precipitaciones, creando reservas naturales que la viña podrá utilizar mucho tiempo después.

La conversación derivó de forma natural hacia las cubiertas vegetales. Durante años se buscó dejar el suelo limpio, casi desnudo, entre las filas de cepas. Hoy muchos viticultores están redescubriendo el valor de mantener vida vegetal en el viñedo. No solamente por una cuestión medioambiental, sino porque ayuda a mejorar la estructura del suelo, favorece la biodiversidad y contribuye a una gestión más eficiente del agua.

Hablamos también de agricultura regenerativa y de biodinámica. Son conceptos que a veces generan debates interminables, pero resulta mucho más fácil entenderlos cuando estás en el campo, observando cómo trabajan quienes los aplican cada día. Lejos de cualquier dogma, lo que encontré fue curiosidad, observación y una enorme voluntad de aprender del propio viñedo.

Y quizá eso es lo que más me gusta de productores como Javier Revert. Más allá de los vinos, existe una inquietud permanente por comprender mejor el paisaje que les rodea. La sensación de que cada parcela sigue planteando preguntas nuevas y de que todavía queda mucho por descubrir.

Al terminar la jornada me quedé con una reflexión muy sencilla. La viña lleva miles de años adaptándose a cambios climáticos, sequías, lluvias y condiciones extremas. Seguramente seguirá haciéndolo. Nuestra responsabilidad consiste en observar mejor, interpretar mejor y tomar decisiones más inteligentes para acompañarla en ese proceso.

Porque a veces el futuro del vino no se encuentra en una bodega ni en una barrica. Se encuentra caminando por el campo, escuchando a quienes dedican su vida a entenderlo.

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Hablan las cepas

Como los elefantes

Guardan memorias

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